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El influyente sociólogo Max Weber (1864-1920) propuso la teoría de que la religión desaparecería con el avance de la ciencia y la educación. Esa idea se dio por supuesta en las relaciones internacionales desde entonces.

En el siglo XXI es evidente que esta postura no era sino la mentalidad del mundo occidental colonizador. Entre otros ejemplos de la religión como fuerza en la sociedad está el resurgimiento del Islam.

El ataque a las Torres Gemelas en 2001 fue un ejemplo del efecto tóxico del fundamentalismo religioso en la sociedad cada vez más modernizada de Oriente Medio. Al mismo tiempo, la Primavera Árabe fue impulsada por una cohorte de jóvenes educados e influenciados por el ethos coránico.

Tras el 11-S, la religión se abordó en Estados Unidos y en otros países en el contexto de la lucha contra el terrorismo. El dramatismo del terrorismo, llevado a cabo en nombre de la religión, eclipsa el papel de la religión en la prevención de la violencia y en la resolución de conflictos, así como su cometido sociológico positivo más amplio.

En los últimos años, sin embargo, la idea de que la religión debe ser reconocida en la diplomacia internacional ha ido ganando terreno. En julio de 2017, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, lanzó el Plan de Acción de la ONU para Líderes y Actores Religiosos sobre la Prevención de la Incitación a la Violencia.

Francisco ha participado activamente en la diplomacia bilateral, realizando visitas de Estado a China e Irak

El secretario general señaló que «los intentos de encontrar soluciones a estos problemas han tendido a excluir a los líderes religiosos. Un enfoque de 360 grados que reúna a los líderes religiosos, a los responsables políticos y a la sociedad civil en la mesa de diálogo es la única manera de construir soluciones que funcionen».

Más allá de las iniciativas de paz, la religión tiene además valores compartidos con el mundo secularista en áreas como los derechos humanos, la administración de la tierra o la justicia social. Esta congruencia se pone de manifiesto en la diplomacia papal.

Tanto el Papa Francisco como su predecesor Benedicto XVI han participado en las sesiones del G7 y del Banco Mundial, abordando las cuestiones de la justicia social, el capitalismo ético y el cambio climático.

La encíclica de Benedicto, Caritas in Veritate -Amor en la Verdad-, sobre un capitalismo reformado, y la de Francisco sobre política climática, Laudato Si, son importantes contribuciones a un debate global.

Francisco ha participado activamente en la diplomacia bilateral, realizando visitas de Estado a China e Irak. El modus operandi papal subraya la necesidad de la diplomacia bilateral, pero son los organismos multilaterales los que más servirán al carácter cambiante de las tendencias mundiales.

La incorporación de prácticas como la atención plena y la meditación a la cultura de gestión empresarial es otro indicio de la diversidad de la práctica espiritual

On the Significance of Religion for Global Diplomacy es un libro reciente de Philip McDonagh y otros tres. Los autores hacen propuestas prácticas para un marco de diplomacia multilateral, para un futuro sostenible definido por la congruencia entre religión, derechos humanos y política global.

La globalización política facilita este proceso. A lo largo del último siglo, el equilibrio de la influencia en la diplomacia internacional se ha desplazado desde el Estado-nación hacia las organizaciones multilaterales: las Naciones Unidas, la Unión Europea, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático y otros organismos regionales.

La proliferación de organizaciones no gubernamentales ha desempeñado un papel en este cambio, por ejemplo, las agencias de ayuda que trabajan en el Tercer Mundo.

Más recientemente, en la cultura popular, se está desarrollando un terreno intermedio entre la antigua polaridad entre el ateísmo y la religión. Esto se evidencia en el aumento, en el mundo occidental, de una cohorte de la población que se describe a sí misma en encuestas y censos como «espiritual pero no religiosa».

La incorporación de prácticas como el mindfulness y la meditación en la cultura de gestión empresarial es otro indicio de la diversidad de la práctica espiritual en el mundo posmoderno.

Las religiones establecidas, por su parte, han avanzado hacia el pluralismo religioso, como en el Concilio Vaticano II y el Parlamento de las Religiones del Mundo de 1993.

En 1990, Samuel Huntington predijo, en su libro The Clash of Civilisations and the Remaking of World Order, que las futuras guerras no se librarían por el territorio, sino entre culturas en conflicto, en las que la religión está profundamente arraigada.

En respuesta, el ex presidente iraní Mohammad Khatami propuso un diálogo entre civilizaciones. En noviembre de 1998, la Asamblea General de la ONU proclamó 2001 como el año del diálogo entre civilizaciones, expresando la determinación de facilitar el debate internacional.

El reto que suponen estas aspiraciones quedó patente con el atentado contra el World Trade Center en septiembre de 2001.

Le siguió la guerra contra el terrorismo, pero también, poco a poco, una nueva toma de conciencia de que la religión, en su capacidad tanto terapéutica como tóxica, debe ser abordada como un factor en los asuntos internacionales.

 

Fuente: The Irish Times